
El estrés se define como: Tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves.
Aunque según la OMS es "el conjunto de reacciones fisiológicas que prepara al organismo frente a la acción". Este punto es importante puesto que el estrés cómo reacción fisiológica primaria es lo que nos ha mantenido vivos durante miles o millones de años.
El estrés, visto de esta manera es sumamente benéfico, un determinado grado de estrés estimula el organismo y permite que éste alcance su objetivo, volviendo a la "normalidad" cuando el estímulo ha cesado. Por ejemplo, cuando un atleta intenta conseguir un buen resultado en una competencia, está sometido a un estrés que implica un aumento de la actividad muscular (más irrigación, el corazón late más rápido, etc.) lo que le ayudará a alcanzar el éxito y conseguir su objetivo. Al estar en una situación de peligro se genera estrés, como ejemplo tenemos muchas historias de madres que levantaron carros para sacar a sus hijos, o personas que cargaron a otras por 5 pisos para escapar de un incendio, etc. Este grado de estrés ayuda al procesamiento claro y rápido de ideas, aumenta la concentración mental y aumenta la capacidad de músculos y pulmones. Entonces ¿Por qué nos quejamos?
Cuando se mantiene la presión y se entra en el estado de resistencia, las personas empiezan a tener una sensación de disconfort (tensión muscular, palpitaciones, etc.). Si continúa el estresor, se llega al estado de agotamiento, con posibles alteraciones funcionales y/u orgánicas: son las llamadas "enfermedades de adaptación". Estos síntomas son percibidos como negativos por las personas y producen preocupación, lo que a su vez agrava los síntomas y así puede llegar a crearse un círculo vicioso.
Algunas de estas manifestaciones pueden ser:
Opresión en el pecho, hormigueo o mariposas en el estómago, sudor en las palmas de las manos, palpitaciones, dificultad para tragar o para respirar, sequedad en la boca, tensión muscular, fatiga, inquietud, nerviosismo, ansiedad, temor o angustia, deseos de llorar y/o un nudo en la garganta, irritabilidad, enojo o furia constante o descontrolada, deseos de gritar, golpear o insultar, miedo o pánico, que si llega a ser muy intenso puede llevar a sentirnos "paralizados", preocupación excesiva, que se puede incluso manifestar como la sensación de no poder controlar nuestro pensamiento, pensamiento catastrófico, dificultad para tomar decisiones, dificultad para concentrarse, disminución de la memoria, lentitud de pensamiento, cambios de humor constantes. Moverse constantemente, risa nerviosa, rechinar los dientes, tics nerviosos, problemas sexuales, comer en exceso o dejar de hacerlo, beber o fumar con mayor frecuencia, dormir en exceso o sufrir de insomnio.
A la larga esta situación de estrés constante puede producir alteraciones físicas como: Ansiedad, cansancio, agotamiento o pérdida de energía, dolor en la espalda, estreñimiento o diarrea, depresión, dolores de cabeza, presión sanguínea alta, insomnio, caída del cabello, tensión en el cuello, malestar estomacal, subir o bajar de peso, presión de dientes o mandíbula, disminución de la autoestima. Gripa, gastritis, colitis y úlceras, migraña, contracturas musculares, artritis, alergias, asma, diabetes mellitus, infartos, cáncer, etc.
Actualmente existen muchas opciones para disminuir los niveles de estrés. Técnicas de respiración, técnicas de relajación, técnicas de visualización, o incluso la prescripción de ansiolíticos.
Otras opciones que podemos recomendar es la utilización de algún método complementario como pueden ser la aromaterapia, la terapia floral, las técnicas de liberación emocional y la kinesiología. Logrando con estas excelentes resultados en la liberación de estrés, en el tratamiento de algunas de las manifestaciones más comunes y en la prevención de enfermedades.
No hay comentarios:
Publicar un comentario